Si todavía te quejas por llevar siete años atascado en una carrera de cuatro, es hora de guardar las excusas. Con 85 años de edad y cuatro décadas de matrícula ininterrumpida en la Universidade da Coruña (UDC), el arquitecto José Fernández Salas ostenta un título no oficial pero indiscutible: es el estudiante más persistente y tenaz de toda Galicia.
En una época donde la inmediatez y el abandono rápido son la norma, la historia de José es un choque de realidad. Su objetivo es claro: conseguir su doctorado. Y no se va a detener hasta lograrlo.
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El enigma de la piedra: una tesis cocinada a fuego lento
La investigación de José no es un trámite rápido para cumplir el expediente. Su tesis doctoral se centra en analizar meticulosamente las piedras de la emblemática Catedral de Santiago de Compostela.
Para dimensionar su nivel de dedicación, basta con repasar algunos datos de su rutina diaria:
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Jornada completa: Dedica ocho horas diarias al estudio y la investigación, un horario digno de cualquier trabajo a tiempo completo.
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Archivos históricos: Se sumerge en documentos centenarios, descifrando el pasado arquitectónico de uno de los monumentos más importantes de España.
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Prórrogas infinitas: Lleva solicitando extensiones académicas desde una época en la que el Wi-Fi ni siquiera era un concepto en nuestras mentes.
Contra la artrosis, el desguace y la burocracia
A sus 85 años, el principal enemigo de José no son los tribunales académicos, sino el tiempo y la biología. Trabaja peleando a diario contra la artrosis, una condición que hace que cada hora frente a los libros y apuntes cueste el doble.
Recientemente, tomó la decisión de enviar su coche al desguace. Ahora prefiere moverse en taxi para simplificar su logística diaria. Sin embargo, su agilidad mental sigue intacta, e incluso se permite bromear con una verdad aplastante:
"Mi cabeza está mejor que la de muchos jóvenes de hoy en día, que a veces no saben ni cómo se llaman."
La lección para los lectores de BetzerMedia
La historia de José Fernández Salas no es solo una curiosidad académica; es un monumento a la resiliencia. En el ecosistema actual, donde la cultura del "esfuerzo mínimo" suele ganar protagonismo en redes sociales, este estudiante octogenario nos recuerda que la pasión por el conocimiento no tiene fecha de caducidad.
Podrá haber dejado de conducir, y sus articulaciones podrán quejarse con los cambios de clima gallegos, pero de la universidad no se va ni aunque lo saquen a rastras. Al menos, no sin su ansiado título de doctor bajo el brazo.
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